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Hace unos días me compré el 1001 libros que hay que leer antes de morir. Más allá de algunas arbitrariedades que no compartimos, me puse a contar y ya aprehendí 16 de esos volúmenes. Así que tengo que decidir entre explorar los novecientos ochenta y cinco mundos que me quedan para intentar entender este en el que vivo, o simplemente resignarme.